La fiesta de las Cabañas lleva también un nombre que resume su espíritu: Zemán Simjatenu, «tiempo de nuestro regocijo». No es un título puesto por costumbre; nace de la misma Escritura, que al instituir la fiesta ordena al pueblo alegrarse delante de Dios siete días completos.
…y os regocijaréis delante de Jehová vuestro Dios por siete días.
Por eso también se le conoce como «la fiesta de la alegría». El israelita se gozaba en dos sentidos: por todo lo que recibía de la mano de Dios y por lo que, a su vez, le devolvía en ofrenda y en servicio. Esa sigue siendo la medida para nosotros: lo que hacemos para el Señor no debe vivirse como una carga, sino como nuestro deleite y nuestro gozo.
La fiesta que cerraba la cosecha
En la liturgia hebrea y en boca del pueblo se le llamaba «la fiesta de nuestra alegría», porque coincidía con el final de todo el ciclo del campo. Para entonces ya se habían levantado la cebada y el trigo, y la vendimia había concluido. La ley mandaba celebrarla precisamente en ese momento, cuando se hubieran recogido los frutos del trabajo del campo (Éxodo 23:16).
La gratitud no se limitaba a una sola cosecha: se daban gracias por todo lo bueno que Dios había puesto en la creación y que hacía posible una vida plena y feliz. De ahí que también se le llamara «la fiesta de la cosecha» (Éxodo 23:16; 34:22). Era la más querida y concurrida de todas; a veces bastaba con decir «la fiesta» para saber de cuál se hablaba (1 Reyes 8:2), y otras veces se le nombraba «la fiesta de Jehová» (Levítico 23:39).
Si ellos se alegraban, ¡cuánto más nosotros!
Quienes vivían bajo aquellas disposiciones, con sacrificios de animales, tenían el mandato de regocijarse ante Dios. ¿Cuánto más quienes hemos creído en Jesús como el sacrificio perfecto y vivimos bajo la gracia? Un regalo así no disminuye nuestro deber de alegrarnos: lo multiplica. Estamos llamados a gozarnos en el Señor siempre.
Y la alegría verdadera no se queda encerrada. Quien se goza en Dios procura que otros también encuentren en Él su gozo, y una manera concreta de hacerlo es enseñarles las fiestas que Dios mismo ha pedido que le celebremos.
Un Dios que se complace en la alegría de sus hijos
Con frecuencia se imagina a Dios como un juez severo, siempre dispuesto a apagar cualquier celebración. Pero quien se adentra en las Escrituras descubre otra cosa: a Dios le agrada que sus hijos se gocen. Esto no significa imitar las fiestas del mundo, con su vino, sus banquetes y su risa pasajera; tampoco significa que al creyente le esté prohibido alegrarse.
La diferencia está en la raíz. El gozo del mundo dura poco:
Que la alegría de los impíos es breve, y el gozo del hipócrita por un momento.
El gozo de los hijos de Dios, en cambio, sostiene y da fuerzas:
…y no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fortaleza.
Tres fiestas, tres memorias
El capítulo 16 de Deuteronomio, leído con calma, nos da las razones para hacer fiesta a Dios. La primera es que cada fiesta recuerda un acontecimiento decisivo:
- En la fiesta de los Panes sin levadura (la Pascua) se recuerda la muerte de los primogénitos y la liberación de Israel.
- En la segunda fiesta del año, Pentecostés, se conmemora la entrega de la Ley.
- En la tercera, las Cabañas, se trae a la memoria la gran misericordia de Dios, que dio todo lo necesario a un pueblo rebelde mientras atravesaba el desierto.
Alegrarse es un mandamiento
Por eso Dios no solo permite la alegría: la ordena. Y la extiende a todos, sin dejar a nadie fuera de la mesa.
Y te alegrarás delante de Jehová tu Dios, tú, y tu hijo, y tu hija, y tu siervo, y tu sierva, y el Levita que estuviere en tus ciudades, y el extranjero, y el huérfano, y la viuda, que estuvieren en medio de ti… Y te alegrarás en tus solemnidades… Siete días celebrarás solemnidad a Jehová tu Dios en el lugar que Jehová escogiere; porque te habrá bendecido Jehová tu Dios en todos tus frutos, y en toda obra de tus manos, y estarás ciertamente alegre.
Estar de fiesta delante de Dios no es sinónimo de seriedad fúnebre ni de rostros largos. Es celebrar a Aquel que es digno de toda honra y de toda gloria.
Dar con gratitud
La alegría de la fiesta se expresa también dando: presentamos a Dios parte de lo que Él mismo nos ha dado, como una muestra sincera de agradecimiento. En la antigüedad se ofrecían incontables holocaustos, y ese orden —primero el sacrificio, después la fiesta— hacía posible una relación cercana entre Dios y su pueblo.
Hoy sabemos que el sacrificio perfecto es Jesucristo. Si nuestra relación con Dios es buena, es gracias a que su Hijo se entregó por nosotros en ofrenda y sacrificio (Efesios 5:1-2).
Cuando falta la alegría
Alguno podría pensar que la alegría es un asunto secundario. Pero conviene preguntarnos: ¿por qué vinieron sobre Israel la esclavitud, el hambre y la desnudez? Sin duda por quebrantar los mandamientos; pero la Escritura añade una causa que pocas veces se considera:
Y vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te perseguirán, y te alcanzarán hasta que perezcas; por cuanto no habrás atendido a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos, que él te mandó… Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas.
Entre las causas del castigo estuvo que no sirvieron a Dios con alegría, con gozo y con santidad. En las fiestas que Él nos manda celebrar, el gozo debe notarse: en el corazón y también en el rostro.
El corazón alegre hermosea el rostro: mas por el dolor de corazón el espíritu se abate… Todos los días del afligido son trabajosos: mas el de corazón contento tiene un convite continuo.
Una iglesia que celebra con el corazón
La Iglesia de Dios, en sus comienzos, perseveraba unánime, compartía los alimentos con alegría y sencillez de corazón y, sobre todo, alababa a Dios (Hechos 2:46-47). Siguiendo ese ejemplo, los sábados y las tres fiestas son ocasiones especiales para expresar nuestra alegría por todo lo que Dios nos ha dado. Aunque tengamos poco, y aunque cada día sea una lucha por salir adelante, podemos mostrar un corazón feliz.
Sin embargo, a veces llegamos a la congregación —en sábado o en fiesta— y cantamos casi sin abrir los labios; unos miran al techo, otros tienen la mente en el trabajo o en cualquier otro asunto, y en ninguno se asoma el gozo ni la gratitud. Tengamos presente que, semana tras semana y de una fiesta a otra, Dios nos da el vestido, el calzado y un techo que nos protege de la intemperie: razones de sobra para manifestar alegría, gozo y agradecimiento.
Además, la alegría le hace bien al cuerpo; el corazón alegre es buena medicina (Proverbios 17:22). Pero la razón de mayor peso es otra: gozarnos en Dios es un mandamiento, y como hijos suyos nos toca cumplirlo.
Reverencia y gozo, juntos
Muchos jóvenes se alejan de la iglesia porque los cultos les parecen aburridos y pesados, y prefieren reunirse con sus amigos e ir a otras reuniones. Nos corresponde demostrar que la reverencia a Dios y la alegría en el Señor no se excluyen: pueden y deben convivir en un mismo culto.
Y comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en que Jehová tu Dios te hubiere bendecido… Y os alegraréis delante de Jehová vuestro Dios, vosotros, y vuestros hijos, y vuestras hijas, y vuestros siervos, y vuestras siervas, y el Levita que estuviere en vuestras poblaciones… y alegrarte has delante de Jehová tu Dios en toda obra de tus manos.
Conclusión
Debemos gozarnos porque el Señor lo manda. Y tenemos el mayor de los motivos: Dios entregó a su Hijo para el rescate de cada uno de nosotros.
Y alegrarse han todos los que en ti confían; para siempre darán voces de júbilo, porque tú los defiendes: y en ti se regocijarán los que aman tu nombre.
Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
«Gozaos en el Señor siempre: otra vez digo: Que os gocéis» (Filipenses 4:4). «Estad siempre gozosos» (1 Tesalonicenses 5:16). Dios mismo se goza y manifiesta su regocijo en medio de su pueblo.
Como recomendación final, le invitamos a leer Sofonías 3:17 y a presentarse delante de Dios de tal manera que se note, con toda claridad, cuánto gozo hay en su alma por formar parte del pueblo de Dios.
Jehová en medio de ti, poderoso, él salvará; gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos.
“…y estarás ciertamente alegre.”
Deuteronomio 16:15

