La palabra hebrea mofet designa algo maravilloso: un prodigio, un hecho que sobrepasa lo natural y que comúnmente llamamos milagro. Y milagros fue lo que Dios hizo en el desierto, como lo canta el Salmo 107.
Quizá usted recuerde algún momento en que se apartó de Dios y se sintió perdido. Quienes servimos en la obra también hemos conocido esa desesperación, cuando alguna vez, en camino, no lográbamos encontrar la congregación. Es una angustia que no se olvida.
Moisés vivió una aflicción mucho mayor. Guiaba al pueblo por el desierto y los hijos de Israel lo culpaban de haberlos sacado de Egipto para hacerlos morir de hambre y de sed. Pero en esos momentos de desesperación y de angustia extrema, Dios se manifestaba con una demostración maravillosa que disipaba la incertidumbre y la duda.
Dios no ha cambiado: sigue resolviendo todas nuestras penas, porque puede favorecernos con sus maravillas. Recordemos algunos de los momentos en que su poder confirmó la fe de los israelitas en el desierto.
Un poder mayor que el de los encantadores
Aun antes de la salida de Egipto, Jehová mostró su poder y su grandeza tanto a los egipcios como a los guías espirituales del pueblo, Moisés y Aarón (Éxodo 7:9-10). Los encantadores de Faraón imitaron la señal y obraron también un prodigio; pero al final, sus serpientes fueron devoradas por la vara de Aarón. Con ello quedó claro que el poder de Dios está muy por encima del poder satánico que tenían aquellos encantadores.
No nos extrañe, entonces, que muchas personas que no conocen al verdadero Dios de Israel pongan su confianza en adivinos, hechiceros y amuletos, creyendo que les traerán buena suerte. Pero lo que ahí actúa no es el poder de Dios, sino el del maligno. Los hijos de Dios, en cambio, pedimos a Jehová su santa intervención, para que nos responda conforme a su infinita sabiduría.
Señales en Egipto
Y dio Jehová señales y milagros grandes y nocivos en Egipto…
Estas palabras nos traen a la memoria cada una de las diez plagas con que Jehová castigó a los egipcios y al mismo Faraón, por negarse a dejar salir al pueblo de Israel. Y es significativo el motivo por el que Dios pedía su libertad:
Jehová, el Dios de Israel, dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto.
Dejarlo todo en las manos de Dios
Tampoco hoy es necesario que actuemos contra nuestros enemigos o contra quienes nos desean mal. Dejemos todo en las manos de Dios, y lo primero sea pedirle al Eterno que cambie el corazón de esas personas y su mala voluntad hacia nosotros. Pero si persistieran en sus ofensas y en su aborrecimiento, y se empeñaran en causar un daño mayor, entonces Jehová mismo será su adversario, sin que haga falta que levantemos nuestra mano contra ellos (Isaías 54:15).
Eso sí: todo ello depende de que realmente seamos obedientes a Dios. De lo contrario, Dios mismo nos deja en manos de nuestros enemigos para corregirnos por no cumplir sus leyes. Así, el prodigio puede obrar a nuestro favor o en nuestra contra (Deuteronomio 28:1-7, 15-25).
Un camino abierto en medio del mar
El Salmo 78 (versículos 12-15, 24, 27 y 32-42) resume varias de las maravillas que el Eterno hizo por su pueblo:
- Abrió el mar y los hizo pasar en seco (Éxodo 14:13-16, 21-22).
- De día los cubrió con una nube, y en las noches oscuras los guiaba el resplandor de una columna de fuego (Éxodo 13:21-22).
- Les dio a beber agua de la peña (Éxodo 17:6).
- Les dio a comer el maná, el pan del cielo, y les envió codornices para variar su alimento (Éxodo 16:13-16, 31, 35).
Sin embargo, la Escritura señala que, a pesar de tantas maravillas, el pueblo no tomó en cuenta las señales prodigiosas que Jehová había hecho en su vida. Nosotros no cometamos el mismo error. Aunque nuestros enemigos nos persigan y los sintamos cerca, Dios mostrará una salida a nuestros problemas, por grandes que sean, aunque tenga que abrir otra vez el mar por causa nuestra. Con nuestro Dios siempre hay una solución.
La nube y la columna siguen con nosotros
Hay momentos en que nos encontramos desprotegidos: sin un hogar, sin un cuarto, a la intemperie. Pero aun en la adversidad no nos faltará la nube de Jehová ni su columna de fuego para guiarnos en medio de los problemas. Así lo dijo David:
Mozo fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan.
El pan de cada día también es un milagro
A veces, cuando damos gracias al Altísimo por el pan de cada día, pasamos por alto que para Israel fue una maravilla que Dios les diera de comer en pleno desierto. Y como hoy vemos que casi todos nuestros vecinos, amigos y familiares tienen qué comer, dejamos de considerar un milagro que haya pan sobre nuestra mesa.
Pero quien de verdad padece hambre conoce la profunda tristeza de sentirse desamparado y no tener siquiera el pan cotidiano para alimentar a los suyos. Por eso debemos reconocer siempre que es un gran favor de Dios que los miembros de la Iglesia de Dios (Israelita) tengamos alimento cada día. Su protección hace que no tengamos que mendigar el pan: es una bendición y una maravilla que Jehová realiza a diario, en nuestros días.
No olvidemos sus maravillas
Sería inconcebible que, viviendo día tras día al amparo de Jehová de los ejércitos, no diéramos crédito a sus maravillas y olvidáramos que nos ha colmado de favores (Salmos 103:4; Proverbios 12:2). Eso sería mostrar un corazón malo, lleno de ingratitud (Hebreos 3:12). Al contrario: tengamos fe en Dios, porque Él recompensa a los que le buscan.
Empero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.
“…y estarás ciertamente alegre.”
Deuteronomio 16:15

