El significado de las ramas y los frutos

Lulav y etrog · La cabaña que formamos entre todos

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VI

Versículo clave

“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”
Juan 15:8

Para el pueblo judío, el lulav y el etrog —la palma y el fruto de un árbol cítrico— son los símbolos vegetales que identifican la Fiesta de las Cabañas. Para nosotros, lo característico de esta bellísima fiesta es el adorno con ramas de palma y de árboles frondosos que tenemos a nuestro alcance, junto con el aroma y el colorido de las frutas.

Quizá un hermano que nos visita por primera vez se pregunte por qué traemos estas ramas y frutas. Y aunque no haya visitas, conviene recordarlo: ¿dónde está la orden bíblica de traer ramas para la fiesta?

Una orden escrita en la ley

El libro de Nehemías cuenta que, en tiempos del gobernador (el Tirsata), hallaron escrito en la ley de Moisés que los hijos de Israel debían celebrar la Fiesta de las Cabañas, y se dio la orden de ir al monte a traer ramas en el mes séptimo:

Salid al monte, y traed ramos de oliva, y ramos de pino, y ramos de arrayán, y ramos de palmas, y ramos de todo árbol espeso, para hacer cabañas, como está escrito.
Nehemías 8:15

Aunque se mencionan árboles concretos, se entiende que la orden abarca toda planta de follaje espeso (Levítico 23:40). Al traer estos elementos de la naturaleza, también obedecemos a Dios para celebrar esta hermosa solemnidad. Pero ¿qué simbolizan en la Biblia las ramas y los frutos? ¿Qué representan las ramas que forman parte del adorno de la casa de oración en esta festividad?

Las ramas son personas

Cuando el patriarca José recibió la bendición de su padre Jacob, fue descrito como una rama que llevaría fruto (Génesis 49:22). Y hay una imagen todavía más clara:

…mas los justos reverdecerán como ramas.
Proverbios 11:28

Las ramas representan, entonces, personas. Y esas personas forman hoy parte del adorno de la fiesta, porque la Iglesia no es el edificio, sino los hermanos reunidos. Jesús dijo: «dilo a la iglesia» (Mateo 18:17); el edificio no escucha, pero los miembros sí. La Iglesia está formada por personas, y así la Iglesia es la cabaña formada de ramas, es decir, de personas. Cada rama que traemos a la fiesta representa a quienes venimos a formar parte de la Iglesia de Dios (Israelita).

Las cuatro especies

Una traducción judía de la Biblia vierte así el versículo de Levítico:

Y tomaréis para vosotros fruto de cidra, hojas de palma, ramas de mirto, y sauce del arroyo, y os regocijaréis ante el Eterno, vuestro Dios, durante siete días.
Levítico 23:40

A partir de ahí, la tradición judía da una interpretación a cada planta:

  • El fruto cítrico representa a los judíos que se conducen bien y conocen su religión.
  • La palma, a los que conocen su religión pero no llevan sus enseñanzas a la práctica.
  • El mirto, a quienes practican la vida religiosa pero no conocen las bases y los fundamentos de su creencia.
  • El sauce, a los que ni practican ni se interesan por conocer su religión.

Faltaría interpretar el arrayán, el pino y cada uno de los árboles frondosos. Por eso la Iglesia no señala qué persona está representada en cada planta; de manera general, afirma como correcta la interpretación que la misma Biblia da: las ramas representan personas.

Ramas traídas del monte

La orden fue: «Salid al monte y traed ramos». El campo, el monte, representa al mundo (Mateo 13:38), y en el mundo hay muchos árboles. En el lenguaje figurado de la Escritura los árboles también representan pueblos: el pueblo asirio es comparado con un cedro (Ezequiel 31:3), y el mismo Israel con el olivo o con la higuera (Mateo 24:32; Romanos 11:24).

Por eso las ramas que se traen a la Iglesia de Dios (Israelita) son personas que provienen de distintos pueblos u organizaciones religiosas cuyo dios no es el Dios de Israel. Son ramas de un olivo silvestre, del campo, que son cortadas para ser injertadas en el buen olivo, es decir, traídas a la Iglesia de Dios (Israelita).

Dios hace la poda de esas ramas, y para ello se vale de algún hermano de la Iglesia que predica a un católico, a un adventista, a un testigo o a un pentecostés; ellos creen en la verdadera voluntad de Dios, dejan de pertenecer a aquel árbol o pueblo religioso, y son arrancados y traídos a la Iglesia (Isaías 18:3, 5; Jeremías 15:19).

Ramas que reverdecen

Si Salomón compara a los justos con ramas, es porque las ramas que venían de aquellos árboles silvestres, al recibir la savia del buen olivo —esto es, la doctrina de la Iglesia de Dios (Israelita)—, comienzan un cambio gradual. Llega la comprensión de la doctrina, nace después el deseo de bautizarse para formar parte del verdadero pueblo de Dios, y entonces la persona tiene parte con los santos y es de la familia de Dios (Efesios 2:19).

Al practicar la justicia de Dios, esa persona es un hombre justo. Estas ramas, por lo tanto, no son cualquier rama, sino personas santas y justas, tal como las describe Salomón: los justos reverdecerán como ramas. Por el gran poder de Dios, esas ramas cortadas de otros árboles vuelven a tener vida y reverdecen dentro de la Iglesia, ahora como personas justas y llenas de buenos frutos.

El fruto que Dios espera

Si las ramas son los hermanos bautizados, los que realmente pertenecen a la Iglesia, entonces las ramas que llevan «fruto de árbol hermoso» (Levítico 23:40) son ramas fructíferas (Isaías 17:6). Al menos eso es lo que Dios espera de las ramas injertadas en el buen olivo: que se vuelvan muy productivas y lleven mucho fruto. De lo contrario no las habría arrancado del árbol silvestre, donde daban un fruto simple, pequeño y raquítico; las trajo y las puso en el buen olivo para que sus frutos mejoraran notablemente.

Surge entonces una pregunta obligada: ¿qué frutos deben llevar esas ramas justas? Quien cumple con la justicia de Dios no tiene ley que lo señale como infractor, porque es una persona justa, y se distingue por mostrar en sus actos el fruto del Espíritu:

Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley.
Gálatas 5:22-23

Vale la pena detenernos en cada uno y preguntarnos cómo vivirlo ahora que formamos parte de la Iglesia. Si hasta hoy no hemos podido practicar plenamente estos frutos del Espíritu, hagamos un verdadero esfuerzo por vivirlos, porque Cristo advirtió:

Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará: y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.
Juan 15:2

La persona que no da fruto será desechada, desconocida por Cristo. Pero a quien se esfuerza por dar un fruto del Espíritu bien formado, el Señor lo nota y le ayuda a limpiarse de lo malo, para que cada día dé más frutos del Espíritu. El Señor no pide que en una sola cosecha se den todos los frutos, sino que año con año se vea una mejoría, para que nos limpie y cada año demos más fruto.

No nos acostumbremos a dar poco

Pero sucede que nos desesperamos, o sencillamente nos acostumbramos a no ser productivos, y decimos: «así es mi carácter», «yo soy así», queriendo justificar nuestro mal proceder. ¡Cuidado! El Hijo de Dios dio su vida para que estemos en su Iglesia, y quiere que llevemos mucho fruto (Juan 15:5-6; Mateo 15:13; 3:7-10; Isaías 5:1-7).

A esas ramas justas, ganadas con la sangre derramada en el Gólgota, Jesucristo les pide que sean para gloria de Dios Padre:

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.
Juan 15:8

Hermanos, no nos dejemos llevar nunca por la costumbre, como ramas habituadas a dar uvas silvestres, que serán echadas al fuego. Al contrario, llevemos muchos frutos espirituales para honrar al Dios que nos ha traído a su Iglesia para ser ramas fructíferas, muy productivas, de hermoso aspecto y de exquisito y delicado aroma.

“…y estarás ciertamente alegre.”

Deuteronomio 16:15