Pablo enseña que lo escrito en el Antiguo Testamento es para nuestra enseñanza (Romanos 15:4). La historia de Israel en el desierto no es un relato lejano: es una advertencia dirigida a nosotros.
Empero estas cosas fueron en figura de nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron… Y estas cosas les acontecieron en figura; y son escritas para nuestra admonición…
Solo dos entraron
Según Deuteronomio 1:35-39, de todos los que salieron de Egipto solamente dos entraron en la tierra prometida: Josué y Caleb, porque en ellos no hubo el pecado de incredulidad. Quienes los acompañaron hasta la tierra que fluye leche y miel fueron los nacidos en el desierto, que no se opusieron a los mandatos de Dios. A sus padres, que constantemente se rebelaron contra lo que el Eterno había prometido, les fue vedada la entrada.
Hagamos la cuenta: 600 000 − 2 = 599 998. ¡Casi seiscientas mil personas murieron en el desierto! Y surge la pregunta: si Dios es tan misericordioso, ¿por qué no pudieron entrar? ¿Acaso no podía perdonarlos? ¿Por qué el Israel que salió de Egipto no llegó a la tierra de promisión?
Dos palabras que lo explican
La respuesta cabe en dos palabras, y las dos están en la carta a los Hebreos:
Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad.
…y aquellos a quienes primero fue anunciado no entraron por causa de desobediencia.
Incredulidad y desobediencia. Saber la respuesta es fácil; lo difícil es no caer, en el tiempo presente, en la misma incredulidad y en la misma desobediencia.
¿Puede Dios permitir algo así?
Antes de hablar de la desobediencia de nuestros días, consideremos otras preguntas: ¿puede Dios permitir la muerte de tanta gente, siendo su pueblo escogido? Y si, a nuestros ojos humanos, Dios hiciera un mal a su pueblo, ¿podríamos impedírselo? (Isaías 45:5-7; 46:10).
Dios no hace daño por gusto; permite que lleguen días malos a los desobedientes para que reconsideren su mal proceder (Eclesiastés 7:14). Pero si alguien persevera en la maldad, Dios ha dicho que el impío morirá, o que la muerte le llegará antes de tiempo (Proverbios 10:27; Job 15:20, 25; Eclesiastés 7:17).
Una generación que no le creyó a Dios
Aquella generación que salió de Egipto tenía todo a su favor, y aun así:
- No reconoció la profecía que se cumplía en ella. Eran las personas en quienes se cumplía la promesa hecha a Abraham más de cuatrocientos años antes (Génesis 15:13, 16).
- No valoró las maravillas de Dios. Él había castigado a los egipcios y doblegado el poder de Faraón para llevarlos a una tierra que fluye leche y miel; pero despreciaron la promesa y quisieron volver a Egipto (Éxodo 15:9-12; 3:8-17; Josué 24:5, 7; Salmos 106:24).
- No valoró su elección. No reflexionaron en que eran el pueblo escogido de Dios (Deuteronomio 7:6), ni les importó la grandeza de ser el especial tesoro del Eterno (Éxodo 19:5-6).
No creyó en las promesas hechas a Abraham, no creyó en las maravillas del Omnipotente, no creyó en su elección como pueblo singular. En suma: no le creyó a Jehová (Salmos 78:22; Deuteronomio 1:31-32; Números 14:11).
A pesar de todos esos privilegios, la Escritura dice que tentaron a Jehová diez veces, desobedeciéndole; y por eso, aun siendo el pueblo escogido, quedaron tendidos en el desierto, como justo pago de su grave maldad (Hebreos 3:17-18; Números 14:22-23, 29, 35-37; Amós 3:1-3).
Misericordioso, pero también justo
Bien podemos decir que no fue Dios quien castigó al pueblo, sino su propia maldad (Jeremías 2:19). Pero, si Dios es misericordioso, ¿por qué no los perdonó? Porque, así como es misericordioso, también es justo. No estaría bien que al pueblo pecador, rebelde e incrédulo le diera sus bendiciones y promesas; ¿para qué daría entonces mandamientos y leyes que normen la conducta del hombre, si haciendo tanto lo malo y algunas cosas buenas recibiría de todos modos los favores y el amor de Dios? Terminaríamos en una creencia equivocada y contradictoria (Isaías 5:20-25; Malaquías 3:15).
Por ser justo, Dios da el justo pago al que obedece y también al que no obedece (Salmos 11:7; 94:2; Hebreos 10:30). Dios perdona al que reflexiona, reconoce que lo ha ofendido y se aparta de lo malo; pero el que persiste en la maldad es desechado por Dios (Job 33:27-28; Proverbios 28:13).
Por increíble que parezca, dentro de la misericordia de Dios hay una forma especial de castigo (Nehemías 9:15-19; Hebreos 12:7). Pero cuando, después del llamado a la reflexión y a corregir el mal proceder, no quieren obedecer, Dios los deja seguir su mal camino, que al final es de muerte (Proverbios 1:23-31; 14:12).
La advertencia para nosotros
La desobediencia y la incredulidad fueron los pecados del Israel que cayó en el desierto. ¿Qué enseñanza debemos aprender de esta lección? El apóstol Pablo la resume en un consejo:
Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo.
…que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.
En el tiempo presente, ¿en qué incredulidad y en qué desobediencia puede caer la Iglesia, el pueblo que camina hacia la vida eterna? ¿Qué debemos desechar yo, usted, mi familia o la congregación, para no vernos retratados en quienes perecieron en el camino a la tierra prometida?
Dudas no es lo mismo que incredulidad
A veces dudamos: ¿existe realmente la resurrección?, ¿estamos en la iglesia verdadera?, ¿es la Biblia el libro inspirado por el Espíritu de Dios?, ¿servirá de algo practicar una religión?, ¿no será mejor creer lo que a nuestro juicio esté bien, y no hacer caso de lo que no nos guste o nos parezca demasiado riguroso? Muchas de estas ideas pueden surgir al comenzar el camino de la salvación. Pero eso no es incredulidad: son dudas.
La incredulidad no la manifiestan los principiantes, sino quienes por el tiempo ya deberían ser maestros: los del pueblo, los adultos y maduros, como los que caminaban en el desierto. Porque la incredulidad es falta de fe, resistencia a creer. Por eso el salmista dice que no dieron crédito a sus maravillas: el pueblo vio los milagros de Dios y no creyó (Salmos 78:32). Y Deuteronomio 32:20 los llama «hijos sin fe», porque no creen lo que deben creer.
Saber lo que es correcto y no hacerlo
Así ocurre hoy: sabemos que mentir no es correcto, y mentimos; reconocemos que Dios bendijo el séptimo día, y no recibimos el santo sábado; el Eterno manda diezmar, y anteponemos nuestras necesidades; debemos guardar los días de purificación, y por descuido vivimos en inmundicia. Sabemos lo que debemos hacer y no lo hacemos: eso es desobediencia. Al no hacer lo que creemos, somos hijos sin fe.
Olvidamos que Dios dio a su Hijo en rescate nuestro, y que fuimos «criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10). Si no queremos andar en esas buenas obras, nuestra incredulidad y desobediencia pueden privarnos de la vida eterna. A nosotros se nos ha anunciado el evangelio igual que a los que caminaron por el desierto, solo que a ellos no les aprovechó porque no lo mezclaron con fe (Hebreos 4:2).
Hoy, si oímos su voz
La Escritura señala que si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco nos perdonará a nosotros si actuamos con soberbia ante sus disposiciones (Romanos 11:21). Por eso, hermanos, si hoy, en este día, hemos escuchado su voz por medio de estos pasajes, no endurezcamos nuestro corazón como ocurrió en el desierto (Hebreos 3:7-8). Reflexionemos en lo que todavía no hemos podido cumplir delante de Dios, y desde ahora comprometámonos a hacer todo lo que Él ha ordenado.
Como todas las cosas están abiertas a los ojos de Dios, cumplamos de ahora en adelante, para entrar en el reposo milenial, en aquella tierra que fluye leche y miel. Amén.
“…y estarás ciertamente alegre.”
Deuteronomio 16:15

