Lectura inicial: Génesis 3:1-19
Una de las primeras historias de la Biblia nos habla acerca de Adam y Eva. En el lugar donde originalmente Dios lo colocó, recibieron la protección y el cuidado de Dios y también sus instrucciones específicas. Una de ellas consistía en no poder comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. El día que lo hicieran tendrían una grave consecuencia, morirían. Desafortunadamente estos primeros seres humanos no acataron la orden de Dios y por lo tanto, cada uno escuchó la sentencia de su Creador y fueron expulsados del paraíso. Adicionalmente, cayó sobre ellos la sentencia de Dios. Ahora eran considerados pecadores y por lo tanto, la paga del pecado fue la muerte. La Biblia indica que esta primer pareja se ocultó de la presencia de Dios después de cometer la falta. Dios al buscarlos utiliza la frase, ¿dónde estás tú? Esta expresión en hebreo, el idioma original en que fue escrito el Antiguo Testamento, se menciona como “heija” y significa lamento. Dios había sido defraudado por el ser humano.
La consecuencia de esta falta fue transmitida a todos los seres humanos por una razón, cada hombre que nacía era susceptible de pecar y al hacerlo, la consecuencia estaba escrita, recibía muerte. No significó que exactamente el mismo pecado que cometió Adam lo transmitiera a su hijo, lo que le heredó a él como a todos los seres humanos es la posibilidad de pecar y por lo tanto, el tener un cuerpo mortal. Todo esto no era lo que Dios había diseñado para el ser humano ya que Dios creó la tierra para ser habitada.
Dios tuvo misericordia del hombre que había creado e instituyó por medio de Moisés una solución para reconciliarse con Él. Dicha solución se basada en el siguiente principio, si una persona que pecaba debía morir, entonces se debía presentar a Dios en sacrificio un ser vivo en lugar de esa persona. De esta manera, se conserva la vida ya que un animal muere en lugar del que ha cometido una falta. La sangre es un símbolo de la vida. Por lo tanto, al presentar un sacrificio a Dios, se derramaba sangre y con esto, se podía entregar una vida a cambio de la del ser humano.
Considerando lo anterior, El Creador ordenó toda una serie de procedimientos y reglas para realizar los sacrificios. Instituyó sacerdotes y todos los rituales relacionados con el proceso de reconciliación a través de los sacrificios indicando los tipos de animales que podían presentarse, la cantidad por día, el orden, etc. También ordenó el Tabernáculo, el cual fue sustituido posteriormente por un Templo. Esta solución funcionó bien pero tuvo dos grandes complicaciones:
- Se requería realizarse diariamente para compensar cada pecado del pueblo
- Sólo aplicaba para los israelitas. No estaban considerados los demás habitantes del mundo. Si alguno quisiera obtener esta reconciliación con Dios, se requería ser integrado a la nación de Israel, con todos sus derechos y también todas sus obligaciones.
Lo anterior no es una buena noticia para todos los que no somos israelitas. No es agradable saber que no tenemos oportunidad de reconciliarnos con Dios y sobre todo, comprender que, al ser pecadores, nuestro destino es la muerte sin ninguna esperanza de cambiar esta situación.
Ante esta condición, nuestro Creador que es abundante en misericordia, nos presentó una solución definitiva. Dicha solución consistió en presentar la vida de una persona especial, que su sangre fuese tan valiosa que sólo fuera necesario presentarse una vez. Alguien que no tuviera pecado y que además estuviese verdaderamente cerca del Padre. Esta persona fue Jesucristo, el Hijo de Dios. Sólo Él podía cubrir lo siguiente:
- Ser Hijo de Dios y presentarse voluntariamente. Hebreos 10:1, 4, 11, 5 – 10, 12.
- Con la calidad para que fuese suficiente presentarse una sola vez. Hebreos 7:26-28.
- Ser sin mancha y sin contaminación. 1 Pedro 1:18-21.
- Ser quien pueda realmente llevarnos a Dios. 1 Pedro 3:18.
- Proporcionarnos una verdadera reconciliación. Romanos 5:11-12, 17-19, 21.
- Ser el camino para llenarnos de una bendición aún mayor, tener vida eterna. Juan 3:16.
Por lo tanto, Jesucristo es el camino que nos lleva a reconciliación. Sólo a través de Él podemos tener la oportunidad de reunir lo que se encontraba desunido.
Versículos clave para el tema
Génesis 2:15-17; 3:1-9, 3:10-19, 9:4; Romanos 5:14; Isaías 45:18; Deuteronomio 12:23
Conclusión
Para encontrar todos estos beneficios es importante acercarnos a Dios y a su Hijo, además de aceptar y comprender en toda su dimensión la importancia del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él podía otorgarnos una reconciliación permanente con Dios. Sólo Él es quien ahora extiende sus brazos para recibirnos y darnos la oportunidad de eliminar la muerte y encontrar la vida, la vida por siempre.
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”
Salmos 119:105
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