Lectura inicial: Romanos 8:5-16.
En la Escrituras se menciona en diversas ocasiones que el ser humano tiene diversos espíritus. Uno de ellos es el Espíritu de Vida, el cual se refiere a nuestra respiración, esto es, el hálito de vida que Dios coloca en todo ser humano.
En Génesis se indica que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y alentó en su nariz soplo de vida. En la nariz tenemos, soplo de vida, que es el espíritu de vida. Al morir, detenemos la respiración y por lo mismo, concluye el último hálito de vida. Por tal motivo menciona el libro de Eclesiastés que el espíritu se vuelva a Dios que lo dio.
También dice la Escritura en Romanos que el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Aquí no se refiere al hálito de vida sino a un espíritu que se aloja en nuestra mente y que, en ocasiones, se le denomina el espíritu del hombre. Romanos 8:14 indica que el Espíritu de Dios puede guiar al espíritu del hombre orientándolo hacia el bien y al reconocimiento de ser llamado hijo de Dios.
Desafortunadamente, el espíritu del hombre puede verse influenciado por el espíritu de error. Dicho espíritu es presidido por el príncipe del aire, el espíritu que obra en los hijos de desobediencia. En esta situación, el hombre se deja llevar por los impulsos y los pensamientos de la carne, incitándolo al mal en todos sus sentidos. Dice la Escritura que esto representa simbólicamente a estar muerto en delitos y pecados porque el ser humano se encuentra lleno de enojo, de ira y de amargura.
Jesucristo, a través de su muerte, de su doctrina y de su amor, nos invita a dejar la pasada manera de vivir, a no permitir que el espíritu de error siga dominando nuestra mente, a dejar el viejo hombre que está viciado conforme a los deseos del error y a renovar el espíritu de nuestra mente para dar paso a que Espíritu de Dios llene de convicción, de amor y de luz nuestra vida.
Versículos clave para el tema
Génesis 2:7; Eclesiastés 12:7; Romanos 8:12-16; Efesios 2:1-3, 4:21-32.
Conclusión
Cuando el Espíritu de Dios guía a nuestro espíritu, la vida del ser humano cambia. Es vestirse de un nuevo hombre ahora criado conforme a Dios. El ser humano se llena de justicia y sobre todo, de paz. Las conductas de maldad se desvanecen y son sustituidas por comprensión, tolerancia, respeto y perdón a uno mismo y a los demás.
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”
Salmos 119:105
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